La noche del apagón

Parte 1

¡No, no puede ser! ¡Es el principio del fin! Me pongo en contacto con el resto; sabemos que todo está en marcha. Agarro mi mochila y salgo a la calle.

El apagón es total. La oscuridad envuelve la ciudad en un silencio inquietante. Algunos salen a las calles, respirando el aire fresco y disfrutando de esa pausa inesperada que la vida les está brindando, como si su rutina se hubiera detenido por un momento. Otros, en cambio, cierran sus negocios con la incertidumbre de cómo pagarán sus facturas. La mayoría intenta regresar a casa, pero las calles están llenas de confusión, coches detenidos y personas caminando sin rumbo, buscando una salida.

En medio del caos, en un rincón oscuro y silencioso, los que conocemos la verdad, esa que nadie más sospecha y que cambiará el mundo tal y como lo conocemos, nos preparamos para lo que está por venir, conscientes de que la oscuridad no es solo un apagón, sino el comienzo de algo mucho más grande.

Y mientras la ciudad se sumerge en el desconcierto, nosotros nos preparamos en la sombra, listos para enfrentarnos a algo para lo que nadie está preparado…

Parte 2

Me mira con sus ojos perdidos, como si buscara una señal en la oscuridad que no llega. Me pide ayuda, pero dudo.

La ciudad está sumida en un caos que no puedo resolver, y llegar al punto de encuentro es mi único objetivo. Cualquier distracción sería un error mortal. Con mis cascos puestos y AC/DC sonando en mis oídos, me aíslo del mundo, del ruido y de todo.

Tras varios kilómetros en silencio, la veo. Unos chavales la increpan; sus voces cortan el aire, pero nadie se atreve a ayudarla. No es por falta de ganas, sino porque todos están atrapados en sus propios problemas, en sus propias sombras. La observo y algo en su mirada no encaja; ese desconcierto, esa confusión que no debería estar allí, me resulta familiar. ¡Mierda! Tengo que actuar. Me acerco lentamente:

—Déjenla en paz.

—Pírate, no es asunto tuyo.

—¿Cuatro contra una? Sí, lo es.

—¿Te crees un héroe? —responden con una sonrisa burlona.

—No, no sigo un código de honor. Solo sé que no la dejaré aquí. Suéltenla.

No están dispuestos a dejar a su presa, porque así es como la ven. La tensión se intensifica y, en un instante, la pelea estalla. La facilidad con la que los noqueo revela meses de entrenamiento en las sombras. La tomo de la mano y, sin mirar atrás, sigo mi camino.

Debo llegar pronto o me cortarán las pelotas. Cuando entro en la habitación, Damián frunce el ceño y me mira con una expresión dura:

—¿Dónde coño te has metido, Lucas? ¿Quién es ella?

—Está infectada, debemos ayudarla.

El grupo se gira, la tensión se vuelve palpable y en el aire flota un silencio pesado, lleno de preguntas sin responder…

Parte 3

—¿Cómo sabes que está infectada? Podría ser una de ellos —pregunta Damián, tenso.

—Me lo enseñaste tú. Su mirada… era diferente. No se defendía, no luchaba. Es reciente. Mi instinto me empujó a ayudarla.

Se gira lentamente, dándonos la espalda, y saca algo de su mochila. No puedo ver qué es, pero la habitación se llena de tensión. Vuelve a mirarme y añade con una sonrisa enigmática:

—Espero que estés en lo cierto, novato.

Le clava la aguja entre los ojos y presiona el émbolo metálico. Un líquido oscuro se libera con un chasquido que retumba en la habitación.

—¡Joder! ¡La vas a matar! —grito, sintiendo un nudo en la garganta.

He desarrollado un vínculo inexplicable con ella, como si supiera que su destino está entrelazado con el mío.

—No debiste traerla. Has puesto en riesgo al equipo, a la misión… —Sus palabras se pierden en el aire.

Contengo la respiración. Si es una de ellos, morirá. Si está infectada desde hace tiempo, también. Solo hay una oportunidad, una vía de escape. Espero no haberme equivocado, porque le costará la vida.

Todos la observamos en silencio, esperando que caiga, que se desplome. Pero, contra todo pronóstico, ella se mantiene en pie, y yo recupero el aliento, aunque el miedo aún me comprime el pecho.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto cuando por fin me mira con una expresión que no puedo descifrar.

—No, no lo sé. ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son? —Su voz es temblorosa, llena de confusión y miedo.

La mirada desorientada ha desaparecido, pero sigue confusa.

—Nena, las preguntas las hacemos nosotros —dice Damián, con una sonrisa que no llega a serlo del todo—. ¿Recuerdas algo?

Se queda en silencio unos segundos, como si el peso de la duda la aplastara.

—No… no sé, está todo borroso —susurra.

—Tienes suerte de seguir con vida. El resto ya se verá —contesta Damián, con una mirada fría.

—¿No deberían examinarla? —pregunta Alicia, la única chica del grupo aparte de mi invitada.

—Por favor —le pido a nuestro líder. Necesito saber que no ha perdido la memoria por completo, como yo.

—No, lo harás en la próxima parada. El novato nos ha retrasado. Vamos, la noche aún guarda secretos que no podemos ignorar…

Parte 4

La oscuridad del apagón nos envuelve y nos camufla en medio de la incertidumbre que se desata. Todo parece ir a peor, como si la noche misma quisiera tragarnos sin dejar rastro.

—¿Por qué no hay luz? —Su voz se quiebra, y en sus ojos brilla un destello de inquietud.

—Ha habido un apagón. No es el primero, pero tenemos la sensación de que será el último —le susurro.

Siento una extraña conexión con ella, como si la conociera de antes, aunque no recuerdo nada. Es una sensación que me inquieta aún más. Algo en su mirada me resulta familiar, pero no logro descifrar qué.

—¿A… a dónde vamos? —pregunta con la voz temblorosa, percibiendo que algo no encaja del todo en este caos.

—A un lugar seguro, donde encontraremos a otros como nosotros —le digo, intentando sonar convincente.

Con cada palabra, su confusión crece, y en sus ojos se refleja la misma incertidumbre que me atormenta.

—¿Gente como nosotros? ¿No son estos? —apunta, señalando a los que nos rodean.

—No. Están infectados. La falta de luz, las comunicaciones cortadas, internet… todo esto desatará un infierno. Y no querrás estar entre ellos cuando eso pase —digo, sintiendo cómo el peso de la situación cae sobre nosotros.

—No lo entiendo —susurra, con la mirada perdida, como si las piezas de un rompecabezas se resistieran a encajar.

—Tu memoria está afectada. Has estado a punto de infectarte. Espero que puedas recuperarla pronto —le digo con un nudo en la garganta. Y que no pase por lo mismo que yo…

Parte 5

—¿Cómo te llamas? —me pregunta la desconocida.

—Me llaman Lucas, pero no es mi verdadero nombre. Fue el que me puso Damián; era el nombre de su hermano fallecido. Me encontró vagando, sin memoria, durante el segundo apagón, y me acogió —le explico.

En su rostro veo una mezcla de ternura y tristeza. No quiero que se compadezca de mí. Lo odio.

De repente, el gentío comienza a correr como si huyera de algo. Damián grita:

—¡Pónganse a cubierto!

El estruendo de los disparos y el zumbido de los dardos cargados con algún químico atraviesan el aire. Los que son alcanzados caen al suelo desmayados. Todo sucede en segundos. La arrastro hacia un portal abierto. Le cubro la boca con la mano, indicándole con gestos que no se mueva, mientras un soldado revisa la estancia con mirada fría y despiadada.

No creo que podamos escapar de esto. La noche oculta secretos que quizás no lleguemos a entender nunca. Solo nos queda aferrarnos a la esperanza de que exista una salida.

El soldado apunta con su fusil a todo lo que se mueve, como si cada sombra pudiera ser una amenaza. Nosotros permanecemos inmóviles en la penumbra. Pretendemos ser invisibles, con el temor de que puedan descubrirnos. La tensión se intensifica con cada paso que da; un leve ruido lo lleva al otro lado de la estancia. Algo en su mirada cambia y, en un instante, vuelve al exterior.

La desconocida y yo respiramos con alivio, intentando recuperar el aliento que, sin darnos cuenta, habíamos contenido.

Parte 6

—¿Qué pasa? —susurra—. ¿Quiénes son?

Su desconcierto es comprensible; nadie sabe realmente lo que está ocurriendo, solo que el caos se ha instalado sin avisar.

—El ejército del gobierno —le digo en voz baja—. Está sometiendo a los que aún no han sido infectados.

—No lo entiendo —responde, con los ojos llenos de miedo.

—Todo es un plan para someternos. Cada vacuna inoculada, cada dispositivo utilizado, cada medicamento ingerido, es parte de un plan mayor. Nos convierten en esclavos sin que lo sepamos.

Mis palabras parecen sacadas de una historia de ficción, de un relato surrealista, pero, a nuestro alrededor, lo que sucede no dista mucho de lo que describo. Los que fueron alcanzados por los dardos se levantan como sombras sin alma, deambulando sin rumbo, sin conciencia, como marionetas.

—Esto es una locura —susurra, con los ojos abiertos de par en par.

—Lo parece, pero solo es el principio —le digo.

—Si estoy infectada, ¿por qué no soy un zombi como ellos? —pregunta en un tono tembloroso.

La miro, y en su rostro veo miedo y confusión entrelazados.

—Porque no lo estás. Lo que Damián te inyectó te mantiene en un estado de conciencia. Si logramos pillarte a tiempo, te saca del trance. Si no, te mata. No debes de haberte expuesto a la contaminación mucho tiempo. Confío en que recuperes la memoria y vuelvas a ser tú misma.

Está perdida, lo noto en su mirada. Cuando Damián me lo explicó, también pensé que se había vuelto loco. Me costó creerle, pero ahora, en medio de esta oscuridad, su historia parece tener sentido.

Un mensaje en el reloj me saca de mis pensamientos: la zona está despejada del ejército. La contingencia está en marcha. No podemos fallar, porque, si no, la humanidad tal como la conocemos quedará reducida y sometida, sin esperanza.

Continuará…

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