La leyenda de la Isla de San Borondón
La primera vez que Dácil vio a San Borondón no miraba al mar. Miraba a la gente.
La plaza de Santa Ana hervía entre discusiones, turistas, prisas y pantallas iluminadas. Dos hombres discutían sobre qué isla era mejor. Una mujer renegaba de su acento para parecer de otro lugar. Un niño preguntaba por qué los canarios siempre hablaban de separarse viviendo rodeados por el mismo océano.
Entonces la tierra tembló.
Apenas un suspiro bajo los pies. Nadie lo notó, excepto Dácil, porque ella sí escuchó el sonido que vino después: un latido.
Tum, tum, tum.
Aquella noche el Teide lanzó una pequeña chispa de lava hacia el cielo oscuro, como una lágrima ardiente. Las noticias hablaron de actividad volcánica menor. Los ancianos de la plaza bajaron la mirada y susurraron:
—San Borondón está llorando otra vez.
Dácil recordó la historia. Todos los niños canarios la habían oído alguna vez. Decían que San Borondón no era una isla, sino el corazón hundido de una tierra antigua. Bajo el océano dormía un continente del que emergían las ocho islas como cumbres negras.
Las leyendas contaban que una vez San Borondón se mostró a los navegantes: una tierra llena de bosques espesos, playas de arena volcánica y un cielo donde las estrellas parecían más cercanas. Allí no existían ni el miedo ni la avaricia.
Pero algunos hombres quisieron poseerla. Buscaron oro bajo la lava, arrancaron piedras sagradas y clavaron banderas sobre la tierra.
Entonces San Borondón desapareció.
Y esperó. Esperó hasta que los canarios volvieran a sentirse un solo pueblo. Pero habían pasado siglos y no había ocurrido.
Desde entonces solo podía verla quien conservara el corazón limpio y creyera de verdad. No bastaba con buscarla. Era ella quien decidía encontrarte.
Durante semanas Dácil comenzó a notar señales: gaviotas inmóviles mirando el horizonte, sueños de montañas sumergidas, desconocidos hablando de una silueta oscura al atardecer.
Y el latido. Siempre el latido.
Una madrugada, mientras el cielo aún conservaba un azul profundo, Dácil llegó a los acantilados. No sabía cómo había llegado allí. Y no estaba sola: un pescador gomero, una profesora lanzaroteña, un pastor herreño, un niño palmero, un músico majorero, una artesana graciosera y una escritora tinerfeña.
No se conocían. Pero todos habían oído la llamada.
Entonces el océano empezó a iluminarse desde las profundidades. Las aguas se abrieron lentamente y una gigantesca cordillera negra emergió entre brumas doradas.
No era una isla. Era el cuerpo dormido de un continente. Y en el centro, latiendo bajo roca y magma, brillaba un corazón rojo como lava viva.
San Borondón.
Entonces Dácil comprendió la verdad: la isla jamás había desaparecido.
Solo se había ocultado de quienes dejaron de creer que las Islas Canarias podían ser una sola alma.
Relato escrito con motivo del Día de Canarias.
