Cuestión de fe

—Es ridículo que la gente crea en fantasmas o esas cosas, ¿no te parece?

—Yo creo en cosas que no entenderías.

—¿En serio? ¿Como qué?

—No sé… Digamos que, a veces, lo que parece imposible solo es invisible a los ojos de los que no saben mirar.

—¡Venga ya! Todo eso de los «misterios» suena a cuento. Si existiera, ya lo habríamos descubierto, ¿no?

—Quizás. Pero… hay algo que nunca te he contado, algo que puede que cambie tu forma de ver las cosas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es, Celia?

—Te lo contaré, Hugo, pero prométeme que no me vas a juzgar… Soy un vampiro.

—¿Un vampiro? ¡Eso es ridículo! Ja, ja… y yo soy Batman.

—Ríete, pero no te miento. Puedo ser muy normal si me lo propongo, pero, si quieres, te lo demuestro. ¿Te has preguntado alguna vez por qué te sientes tan atraído por mí? Soy como una droga para ti.

—¡Joder! Es cierto que no puedo sacarte de mi cabeza… ¿Qué me has hecho?

—Nada que no estuvieras pidiendo desde hacía siglos. Los vampiros ya no necesitamos sangre para sobrevivir, no cazamos. Solo nos alimentamos de lo que otros dejan atrás… de su «energía».

—¿Energía?

—Ese vacío que dejan cuando ya no pueden más y dejan de creer… Así adquirimos nuestro poder. Y tú, tan escéptico, eres perfecto. Me has dado lo que necesito, y ahora eres parte de mí.

—No… no lo entiendo…

—Aunque lo intentes, no podrás vivir sin mí. Ahora eres como yo. Ya no volverás a dudar de la magia.

—¡Esto es una locura! ¡No quiero ser como tú!

—Sí, querido. Los escépticos son los más fáciles de convertir. Al final, todo es cuestión de fe.

—¿Qué has hecho…?

La luz se apaga y un eco se pierde en la penumbra, engulléndolo para siempre.

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